Entrevista a Félix Talego Vázquez
Félix Talego Vázquez es profesor titular de Antropología Social en la Universidad de Sevilla, con una vasta trayectoria en el estudio de las interacciones entre las sociedades humanas y su entorno. Su trabajo se ha centrado, a través de un enfoque crítico, en cómo las estructuras de poder influyen en la gestión de los recursos y en la sostenibilidad ecológica. En particular, su labor aborda las tensiones entre el desarrollo económico y la preservación del medio ambiente, un asunto central en la minería de Andalucía Occidental.
Por un lado, está el sobreconsumo intensivo que afecta al sector turístico, sobre todo en Matalascañas, y por otro lado, con igual importancia, la extracción legal, y en gran parte ilegal, de agua para el riego de la agricultura intensiva de frutos rojos en el entorno de los humedales. No me refiero a la Bahía, sino a los humedales y a las marismas del Guadiamar.
El acuífero Almonte-Marismas —creo que su número es el 27, o al menos lo era— está sobreexplotado. Por un lado, sufre una extracción excesiva, y por otro, está sometido a un riesgo cierto de contaminación por los productos químicos que se emplean en grandes cantidades en la agricultura intensiva.
Estamos poniendo en serio peligro las condiciones de vida y la base misma para una explotación respetuosa con el entorno. Además, la desembocadura del Guadiamar, un río que desde mediados del siglo XIX enfrenta un problema de contaminación por metales pesados provenientes de la mina del Castillo de las Guardas y de Aznalcóllar, agrava la situación.
A esto hay que sumar el desastre de la rotura de la balsa de residuos de Aznalcóllar, en la que aún permanecen aproximadamente 13 millones de metros cúbicos de lodos y agua extremadamente ácida. Estos residuos, como era de esperarse, están filtrándose al acuífero subyacente, identificado en la conservación hidrográfica como acuífero aluvial de los ríos Agrio y Guadiamar.
Todas estas son amenazas que el industrialismo —como me gusta llamarlo— impone sobre las condiciones mismas de la vida. La ideología industrialista, basada en el incremento de la producción y en magnitudes matemáticas inventadas por los economistas, como el PIB y otros indicadores, lleva mucho tiempo en vigor. Sin embargo, recientemente se ha convertido en una amenaza no solo para el futuro, sino para la vida saludable en el presente.
Existe una conciencia ecológica epidérmica, muy superficial o, digamos, fácilmente influenciable para la mayoría de la ciudadanía, proclive a dejarse convencer no por argumentos, sino por argucias o incluso añagazas que se le presenten. Esta conciencia ecológica, tan superficial o fácilmente satisfecha, permite que el negocio en general desarrolle un discurso completamente falso. Todo el mundo sabe que es mentira, pero nos conformamos con la apariencia y la hipocresía.
En cuanto a la legislación, la normativa minera ha sido elaborada básicamente por las propias compañías mineras, no solo en España, sino también en Europa, y esta tendencia se está acentuando. La nueva directiva europea sobre los materiales, ahora denominados "materias primas estratégicas" —una expresión que sugiere un enfoque cada vez más vinculado al ámbito militar—, refuerza esta dinámica.
Así, la legislación ambiental está claramente supeditada a esta normativa productiva y extractiva. No la cuestiona, sino que exige una tapadera, unas formas, una apariencia que simule que todo está bajo control. Sin embargo, todo el mundo sabe que no lo está. Y no solo las compañías mineras, que operan bajo la lógica de "domino o soy dominado" para no ser absorbidas unas por otras, sino también la propia ciudadanía, los sindicatos llamados mayoritarios y la sociedad en su conjunto.