A finales de 2024, descubrí imágenes satélite de Huelva y Sevilla que parecían arte abstracto. Decidí explorarlas. Comencé el 25 de septiembre, en la planta solar Solnova. Al final de la ruta, un cartel decía: “Casa Quemada”. Recolecté ramas y basura como testimonio, pero entendí que bastaba con grabar mi rastro GPS. Mis caminatas serían piezas de Arte de Datos, sin estética añadida, información lista para descargar.
Después fui al yacimiento tartésico oculto en el Cortijo Soberbina, donde en 1930, tras prender “una chispa de luz” murieron calcinadas siete personas: una familia completa y un mulero que vivía con ellos. Además, casi un centenar de animales. En otros yacimientos tartésicos cercanos se han hallado restos de hecatombes: caballos y ganado quemados dentro de una casa condenada al enterramiento. Quizá como ofrenda para detener la infertilidad del suelo.
Desde Matalascañas caminé a la desembocadura del Guadiamar. El bombeo de agua ha secado Doñana por dentro. El cambio climático, el consumo humano de esta población y, sobre todo, los regadíos agravan el descenso de las aguas subterráneas. El acuífero Almonte-Marismas, arenoso y poco profundo, es vulnerable a contaminantes como el glifosato, usado por los agricultores. En la Torre de la Carbonera, una almenara del siglo XVI, termino mi ruta.
Días después, llegué al centro CEUS, donde se desarrollan drones y proyectos como el Tarsis del Ministerio de Defensa. La nueva directiva europea sobre “materias primas estratégicas” militariza un legislación nueva que se impone a las ambientales. Se necesita material para la guerra tecnológica automatizada.
Visito un molino fluvial romano en un Corredor Verde del Guadiamar que aún muestra las secuelas del vertido de la mina Boliden. Tras lluvias en marzo, el río se volverá turquesa por culpa de los metales disueltos y manchas metálicas surgirán de la tierra. Algunos carteles prohíben excavar. Últimamente se impidió que Petroleum Oil & Gas usara el subsuelo como almacén de gas.
En 2017, un incendio en Las Peñuelas arrasó más de 8.500 hectáreas. Aún veo sus huellas. En la noche del 24 de junio, el viento avivó las llamas durante días. Los pinares, antes sumideros de carbono, ahora alimentan el calentamiento global al arder. En el camino, carteles alertan del traslado de contaminantes del gasoducto Poseidón de Repsol, ruta abandonada por protestas vecinales.
Caminé por Huerta del Hambre, quemada el 5 de agosto de 2023. Sesenta vecinos pasaron la noche en el polideportivo de Bonares. Vivieron lo que cientos de migrantes en chabolas experimentan cada día. Este año, en Lucena del Puerto, un incendio en un asentamiento mató a un hombre de Ghana. Desde 2008, en Huelva, más de siete migrantes han muerto en tragedias parecidas.
Desde el cementerio de Lucena se ven invernaderos y asentamientos como “Sevillana” o “el de los malienses”. Se cuentan hasta 19 núcleos, cada vez más ocultos y lejanos, sin agua, luz ni recogida de basura. Recientemente, algunos también ofrecen servicios sexuales. El río Tinto, contaminado, destaca por sus colores sulfurosos. Termino el recorrido en sus aguas.
Días después, camino hacia el río Olivargas, cruzando una carretera privada a la mina Aguas Teñidas, de Sandfire MATSA. Veo espuma verde. En 2018, dos vertidos afectaron cultivos; uno de ellos liberó 500 metros cúbicos de estériles en su cauce. Aunque el agua potable se controla, la contaminación puede llegar al consumo humano por alimentos como pescados o productos del campo.
En el siglo XIX, empresas británicas impulsaron la minería en la Faja Pirítica. La Poderosa extrajo plata hasta 1924, cuando el cobre cayó de precio. Hoy resurge un modelo colonial, más sutil: el colonizado no sabe que lo es. Llego al poblado abandonado cercano a la mina. Es el final del viaje.
Siento que Andalucía está condenada. Tal vez el problema sea la desconexión con la naturaleza. Los tartesos sabían que dependían de ella. Yo empecé por curiosidad estética y acabé obligado al testimonio. Otra forma de arte debe oponerse a este nuevo orden tecnológico. Todos tendremos que hacerlo, en esta era de víctimas que, como tantas otras en el pasado, todavía arden en casas quemadas.