Ha habido proyectos de inyección de gas en el subsuelo de Doñana. No sé si esos proyectos se prolongaban o si hubo alguno que pretendía alcanzar también el área del Guadiamar, que está relativamente cerca, dependiendo de si se considera el curso bajo o medio del río. Por el momento, han sido detenidos, aunque no sabemos si se retomarán en el futuro.
El almacenamiento de gas en cisterna requiere que se mantenga en estado líquido, lo que implica enfriarlo a 170 grados bajo cero, un proceso que supone un gasto considerable de energía. Por esta razón, a las compañías les resulta más barato encontrar cavidades en el subsuelo para almacenarlo. Hubo una movilización ciudadana relativa y, entre otros factores, esto contribuyó, junto con las alegaciones y los recursos de alzada presentados contra estos proyectos, a que fueran paralizados temporalmente. Sin embargo, no sabemos si en el futuro se retomarán…
La expresión “corredor verde del Guadiamar” es, en realidad, hipócrita. Yo diría que más que hipócrita, es cínica. Existen carteles que indican “prohibido excavar”, pero en su momento también había carteles que advertían: “prohibido pastar”, “prohibido recolectar”, “prohibido cazar”, “prohibido pescar”. Muchos de estos han desaparecido y no se reponen.
Para quienes no están informados o viven de espaldas a las circunstancias actuales, estas prohibiciones pueden parecer medidas de protección para la naturaleza. Sin embargo, la realidad es otra: el suelo sigue presentando diversos grados de contaminación por metales pesados. Aunque la acidez del agua tiende a neutralizarse, la contaminación persiste. Por eso, la expresión “corredor verde” es claramente hipócrita o cínica, porque en realidad no tiene nada de verde. Aunque la vegetación ha proliferado, esta absorbe los metales pesados y los redistribuye en el entorno, afectando a microorganismos, gusanos, pájaros, y, en última instancia, introduciéndolos en la cadena trófica.
Cuando ocurre un desastre como el de Aznalcóllar, no se trata simplemente de limpiar una zona, acotarla y convertirla en un corredor verde de inmediato. Debemos entender que la contaminación tiene un efecto a largo plazo. El corredor verde del Guadiamar fue limpiado, se retiraron los lodos y se hizo lo mejor que se pudo, dadas las características extremadamente nocivas de este tipo de contaminación por sulfuros.
Sin embargo, este tipo de contaminación no ocurre en episodios aislados: las minas y los residuos mineros actúan como focos permanentes. De manera recurrente, especialmente en épocas de lluvia, vuelven a contaminar el entorno. En otras palabras, el río Guadiamar está siendo permanentemente recontaminado.
Se ha hablado también de los sulfuros y del acuífero que está en contacto con ellos. Finalmente, todo está conectado: el agua no respeta los decretos legales. Desde el acuífero aluvial, los residuos que siguen presentes en las montañas de estériles —que, en realidad, no son nada estériles— continúan su actividad contaminante.
Los llamados “pasivos ambientales” de la minería de sulfuros no son nada pasivos; al contrario, son altamente activos. Lo que ha quedado en la base del sistema sigue funcionando como un foco de contaminación que permanecerá allí por muchísimo tiempo.
Félix Talego Vázquez es profesor titular de Antropología Social en la Universidad de Sevilla, con una vasta trayectoria en el estudio de las interacciones entre las sociedades humanas y su entorno. Su trabajo se ha centrado, a través de un enfoque crítico, en cómo las estructuras de poder influyen en la gestión de los recursos y en la sostenibilidad ecológica. En particular, su labor aborda las tensiones entre el desarrollo económico y la preservación del medio ambiente, un asunto central en la minería de Andalucía Occidental.